Nunca antes las nuevas generaciones habían sabido tanto sobre la crisis climática. Y, paradójicamente, nunca habían tenido tantas razones para sentir incertidumbre frente al futuro.
En Chile, la salud mental de niños, niñas y adolescentes se ha convertido en una preocupación prioritaria. A ello se suma un fenómeno cada vez más estudiado: la ecoansiedad, entendida como la preocupación, el estrés o la angustia asociados a la crisis climática y la degradación ambiental. Un estudio publicado en The Lancet Planetary Health, que encuestó a 10.000 jóvenes de diez países, reveló que más de la mitad experimentaba tristeza, ansiedad, enojo o impotencia frente al cambio climático, mientras que cerca del 40% afirmaba que esta crisis influía en sus dudas obre tener hijos en el futuro.
La ecoansiedad no constituye, por sí misma, una enfermedad mental. Como han señalado diversos especialistas, preocuparse por una amenaza real puede ser una respuesta saludable. El problema surge cuando esa preocupación deriva en desesperanza, sensación de impotencia o parálisis, especialmente si los jóvenes reciben mensajes constantes sobre catástrofes, pero pocas oportunidades para comprenderlas y actuar frente a ellas.
En un país que ha vivido megasequías, incendios forestales de enorme magnitud y otros eventos extremos, esta realidad deja de ser abstracta. Para muchos niños y adolescentes, el cambio climático no es solo una noticia: forma parte de su experiencia cotidiana.
En este contexto, la educación ambiental adquiere una relevancia que suele pasar desapercibida. Su aporte no consiste únicamente en enseñar sobre biodiversidad o sostenibilidad. Cuando está bien diseñada, también fortalece factores que la psicología reconoce como protectores del bienestar.
Uno de ellos es la autoeficacia: la percepción de que nuestras acciones pueden producir cambios reales. Cuando un estudiante participa en un huerto escolar, contribuye a restaurar un ecosistema, monitorea biodiversidad o desarrolla un proyecto ambiental junto a su comunidad, deja de ser un espectador de la crisis para convertirse en protagonista de la solución. Esa experiencia fortalece la confianza en la propia capacidad para enfrentar situaciones complejas.
Otro factor es el contacto con la naturaleza. Durante décadas, la psicología ambiental ha documentado su asociación con menores niveles de estrés y un mayor bienestar psicológico. En un contexto donde gran parte de la vida cotidiana transcurre frente a pantallas y en espacios urbanos, recuperar el vínculo con el entorno natural también significa recuperar un espacio para el equilibrio emocional.
Existe además un tercer elemento: el sentido de comunidad. Muchas iniciativas de educación ambiental se desarrollan colaborativamente, fortaleciendo vínculos, participación y apoyo mutuo. En tiempos donde la soledad y el aislamiento preocupan cada vez más, estos espacios ofrecen algo que va mucho más allá del aprendizaje de contenidos: permiten experimentar que los grandes desafíos pueden enfrentarse colectivamente.
La Organización Mundial de la Salud ha recordado durante años que «no hay salud sin salud mental». Hoy podríamos agregar que, en un mundo atravesado por la crisis climática, tampoco basta con enseñar sus causas y consecuencias. Necesitamos enseñar a enfrentarla sin resignación, fortaleciendo la capacidad de comprender, colaborar y actuar.
Chile ya cuenta con iniciativas valiosas, como el Sistema Nacional de Certificación Ambiental de Establecimientos Educacionales (SNCAE) y el programa interministerial Naturaleza para tu Salud, que reconocen el valor del vínculo entre naturaleza y bienestar. El desafío ahora es avanzar hacia una mayor articulación entre las políticas de educación, salud y medio ambiente, incorporando explícitamente el bienestar socioemocional como uno de los objetivos de la educación ambiental.
Desde la Red de Educación Ambiental de Chile creemos que formar ciudadanos ambientalmente responsables también significa formar personas capaces de enfrentar la incertidumbre con pensamiento crítico, colaboración y esperanza activa. La respuesta a la ecoansiedad no pasa por ocultar la gravedad de la crisis climática, sino por entregar herramientas para comprenderla y participar en su solución.
Porque la educación ambiental no solo prepara a las nuevas generaciones para cuidar el planeta. También les ayuda a descubrir que, incluso frente a los mayores desafíos, siguen teniendo la capacidad de actuar. Y pocas certezas fortalecen más la salud mental que esa.
REA Chile
Red de Educación Ambiental de Chile

